El Cocinero Suicida: Mermelada


  El despertador ladra otra vez, reventando en mil pedazos el sueño más cojonudo del mundo. Abro un ojo, después el otro. Ahí estamos, madrugando otra vez. Todos los días la misma rutina: te levantas despeluchado y arrastrando las zapatillas entras en la cocina para desayunar. ¿Y qué desayunas? pues café con galletas de las de toda la vida. Vale, a veces no son galletas, te estiras y preparas un par de tostadas; pero de ahí para adelante queda reservado para el desayuno buffet de las vacaciones. 

Pulso el botón rojo de la cafetera y el azul de la radio. “Sailing” de Mike Oldfield brota de los altavoces como un soplo de aire fresco. Una canción de buen rollo total. Hace sol, el cielo está azul y hoy puede ser un gran día.

Echo una mirada furtiva al reloj de pared, la cosa está ajustada. No hay tiempo para todo. Levanto el brazo izquierdo, me olisqueo el sobaquillo…que narices, tampoco es para tanto, no me ducho y desayuno como Dios manda.

"Let's go sailing, sailing. Yes we're sailing, sailing" -canturreo atrapado por el bucle absorbente del estribillo mientras meto un par de rebanadas de Bimbo en la tostadora.


Sí, ya sé que un par de tostadas tampoco es gran cosa, todos sabemos que en los momentos de empalmada parece que te vas a comer el mundo, luego la cosa se viene abajo; de todas formas viene a ser lo mismo porque a esas horas mucha imaginación no se le puede poner al desayuno…bueno…ni imaginación ni mermelada, porque siempre se me olvida comprarla. ¡Qué mal presentimiento! Antes de que las tostadas se terminen entreabro la puerta de la despensa con recelo.
La vocecita interior que a veces me habla en francés me pregunta: ¿Qu'est ce que c'est?
-Ce merdé -me contesto a mi mismo. Mis peores temores se han convertido en realidad. No puede ser, ni un triste bote de mermelada...ni de cereza verde. Nada.

Así que aquí estamos, con las tostadas medio requemadas, sin mermelada, sin duchar y con la firme intención de que esto no me vuelva a pasar.

A la tarde vuelvo a casa remolcando cuarenta arrobas de fresas y otras tantas de azúcar. Vuelvo a bajar a la frutería, se me ha olvidado el limón, como dice el refrán: “El que no tiene cabeza tiene pies”. Solucionado el pequeño percance busco una cazuela honda y me preparo para hacer mermelada como para un regimiento.

  La receta para una mermelada que haga bajar al mismísimo Crom de su montaña pidiendo a gritos su desayuno es sencillísima, y no digamos sus ingredientes. Tres cositas de nada.
          1-500 gr de azúcar.
          2-500 gr de fresas.
          3-El zumo de un limón.
En el caso de las fresas os recomendaría encarecidamente huir de las frutas emblistadas de las grandes superficies, que suelen tener menos sabor que un flash de 5 pesetas. Acercaros a la frutería de vuestro barrio (a la del barrio vecino si tu frutero es demasiado guarro) y decirle al "menda" que os elija fresas para mermelada; ya se encargará él de daros frutas maduras, en su punto ideal de dulzor. Ya que estáis ahí no estaría de más comprarle también el limón, que el pobre hombre también tiene que vivir de algo.
La receta comienza con la inexcusable obligación de lavar concienzudamente la fruta y retirarle tanto el tallo como las partes verdes. Tras esto las picamos en trocitos menudos y la vertemos en la cazuela. Despues llega el transcendental momento de agregar el azúcar. Es recomendable respetar las proporciones y no caer en la tentación de añadir más azúcar porque, en ese caso, corremos el riesgo de que nos salga más empalagosa que una balada de Bon Jovi.

Cocinamos a fuego lento y en cuanto el azúcar se haya disuelto exprimimos el limón y añadirmos su zumo a la cazuela. Algunos se preguntarán el porqué del limón en una mermelada dulce. Parafraseando a W. Sobchak, en “El Gran Lebowski” os diré que la belleza de la respuesta radica en su sencillez: Por que sí. Es una cuestión de fe y si creéis con la suficiente fuerza os saldrá una mermelada más rica.

Agregados todos los ingredientes tan sólo nos queda esperar 45 minutos con la cazuela al fuego, distribuir la mermelada en recipientes y esperar a que enfríe.
Podemos pasar la mermelada por la batidora y colarla luego, pero a mí me gusta más así, sin triturar, para que se vean los trocitos de fresa. Están tan suaves que se deshacen solos en la boca.
Si queréis envasarlo para preparar unas conservas tan solo teneis que rellenar unos botes de cristal y esterilizarlos al baño maría durante media hora.









Guardad las palomitas, que cualquier otro día sigo con mis películas.
   -EL COCINERO SUICIDA.

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Víctor M. Fernández. Con la tecnología de Blogger.