La bolsa o la vida.


 Celebramos nuestro aniversario en un elegante restaurante de la costa. Este año una boda de asistencia ineludible se ha cruzado en nuestro camino, así que nuestra cena romántica a orillas del mar va a tener que esperarnos al menos una semana más.

Consciente de que a mi amantísima esposa le gustan las celebraciones romanticoides más que un plátano a un niño de la posguerra, y dado que dispongo de toda la tarde libre, me decido a preparar una cena tan memorable que obligue al mismísimo Ferrán Adriá a bajarse de su púlpito para lavarme los pies.

Ni ella ni yo somos talibanes de la comida, y disfrutamos como enanos tanto de la mejor de las mariscadas como de las hamburguesas polisaturadas del Mac Donalds o la comida china bien sazonada con glutamato monosódico; pero un día es un día, y éste es perfecto para tirarme el rollo.

Como paso ineludible para conseguir una receta acorde con mis pretensiones "interneteé" un poco, buscando aquella que aunara el glamour que se le presupone a un evento de esta categoría con la originalidad de la que en esta ocasión deseaba hacer gala, y que además me hiciera brillar como la bailarina principal del ballet ruso.
Seguí las tres reglas de oro del buscador de recetas online:
  • Si la foto parece mentira es que lo es.
  • Si tiene más de diez ingredientes algo sobra.
  • Si la elaboración de la receta requiere de más de quince pasos es que su preparación es más complicada que rodar con Meg Ryan y Ben Affleck y que no te salga un pastelón.
Siguiendo escrupulosamente mis tres máximas avancé brincando de enlace en enlace hasta encontrar los más apropiados. Seleccione un menú digno de los dioses: Espuma de patata trufada, lomos de lubina con salsa de cítricos y jengibre y como colofón un bavaboise de crema y café.
Comprobé con satisfacción que lo principal de cada una de las recetas ya estaba repartido entre la nevera y la despensa y luego, armado de papel y lápiz, procedí a preparar mi lista de la compra.

Los ingredientes que me faltaban eran cuando menos peculiares: comino, café de aceite de trufa, huevas de trucha, jengibre rallado, extracto de menta, extracto de lima, aceite de sésamo, almidón de maíz, esencia de vainilla…cuando terminé de garabatear el papel caí en la cuenta de que se parecía más a la enumeración de ingredientes para un conjuro de las Brujas de Blair que a un conjunto de ingredientes aptos para el consumo humano. Por fortuna sabía dónde encontrarlos.

En el barrio hace días que levantó la persiana una tienda de lujo, tipo gourmet: "Le Petit Plesur". Desde su apertura ando cavilando disculpa para curiosear entre sus vitrinas. A sabiendas de que no son recomendables ni los bares que se llamen Flamíngo, ni los restaurantes rotulados como “restaurant”, ni los establecimientos que intentan darse pompa con letreros en gabacho, esta vez decido arriesgar.

Acicalado y afeitado como un galán de los años veinte, agarré dos billetetazos de 50 de mi caja de reserva y salí de casa. Llovía, pero prescindí del paraguas, porque paraguas y bolsas de la compra son salsas que no ligan bien, y dicho sea de paso El Cocinero Suicida no es lo suficientemente macho como para llevar ni camisitas rosas ni carritos de la compra.

Caminé esquivando la lluvia, pegadito a los soportales. No pude dejar de sentir una desagradable sensación de traición al pasar junto a la tienda en la que compro a diario. La Señora Rosa coloca las cajas de fruta con mimo, tratando de que la legión de jamones, chacinas y lacones que engalanan su escaparate no se vengan abajo. La saludo con la cabeza y ella me dedica un “hasta luego majo”. Dar la espalda a tu establecimiento de toda la vida, es lo más parecido a poner los cuernos que podemos encontrar en el mundo mercantil, pero que le vamos a hacer, un día es un día, pelillos a la mar.

Crucé veloz por el paso de cebra, encogiendo el cuello, como si así pudiera protegerme de la lluvia. Entré a "Le Petit Plesur" con la vista fija al frente y sin mirar atrás, como el que desaparece de un salto en un bar de señoritas. No quería que la Señora Rosa fuera testigo de mi deshonra.

Adentro los productos permanecían milimétricamente alineados, organizados en acogedores pasillos plagados de estanterías de madera; nada de aluminio cutre y fluorescentes blancos. Elegante mobiliario retro, música ambiente y un agradable aroma a madera y especias; que se note que hay nivel.

Observé el género…sal rosa traída del Himalaya, agua derretida de un iceberg, te negro de San Petersburgo, azúcar de regaliz. Coño, parece el zurrón de un cuentacuentos.

Una señorita de traje de chaqueta con raya diplomática me observa, estoy más desubicado que Schwarzenegger en Shakespeare in Love, pero la chica no trata de ayudarme. Para ella soy carne de segunda.
Antes de agarrar una de las cucas cestas que el establecimiento pone a disposición de sus clientes echo una somera ojeada a mi lista de la compra. Levanto la mirada, se cruza con la de la dependienta, que me observa con las cejas arqueadas. Está claro que no soy su tipo de cliente.

Pertrechado con mi cestita de mimbre, recorro los
pasillos buscando los extraños ingredientes que requieren mis platos. Me costó un huevo de pato encontrarlos, y además el almidón de maíz se me resistió, obligándome a abandonar la idea del Bavaboise, al fin y al cabo una tartita de queso me sirve y me sobra.
Finalizada la gincana coloqué la cestita frente a la dependienta y con fingido acento francés le espeté: Cóbreme señorita, s´il vous plait.

La chica inmune al chascarrillo se aprestó a ticar el género, con despreocupación, casi con dejadez. Yo la observaba altivo, con gesto de Majarajá.
-Son 318 euros, ¿efectivo o tarjeta?
<<Hostia puta -pensé>>
-Disculpe señorita, pero ni he traído dinero de plástico ni dispongo de suficiente cash, guardeme la puta cesta que en cinco minutos vuelvo.

Atravesé la calle de nuevo. La Señora Rosa ya había acabado con la fruta y se afanaba con los detergentes. Entré al ultramarinos y me sentí como en casa, frutería, charcutería, panadería, quiosco de prensa, la Señora Rosa tiene de todo.
–Buenas tardes mozo, ¿qué te pongo?.
Saqué mi lista de la compra. -Comino, café de aceite de trufa, huevas de trucha, jengibre rallado…-no pasé del cuarto elemento. La Señora Rosa me miraba como si hubiera visto un fantasma.

Le expliqué someramente la receta mientras ella movía la cabeza a un lado y a otro sin demasiada convicción.
-Pues chico, lo siento, pero yo de esas cosas raras no tengo nada –añadió encogiéndose de hombros.
-Bueno, -lamenté- pues póngame usted un plátano y el periódico.

La mujer alzó la mirada por encima de sus gafas de concha. -¿hijo, tiene algo que ver esto con tu receta?
-Si señora –le respondí. –Ahora sólo tengo que envolver el plátano con el periódico y atracar la tienda de enfrente.



Guardad las palomitas, que cualquier otro día sigo con mis películas.
   -EL COCINERO SUICIDA.


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Víctor M. Fernández. Con la tecnología de Blogger.