El Cocinero Suicida: Campamento de verano.

 Los campamentos de verano son, para los preadolescentes imberbes, lo más parecido a una aventura espacial, y digo espacial porque, en mi caso, las dos semanas de campamento estival se desarrollaban en un secarral llamado Villaseca de la Sobarríba. Los que, por suerte o por desgracia, hayáis sobrevivido al aire asfixiante del Gobi y a la sensación de soledad del desierto de Atacama no os engañéis, aquello es purria comparado con el sol de fuego que azota esta despoblada localidad leonesa. Villaseca de la Sobarríba es, de largo, lo más parecido que he visto a Venus en Agosto; si a este paisaje y paisanaje alienígena le añadimos la manada de selenitas que cada mes de Junio viajábamos hasta allí entonando el “Para ser conductor de primera, acelera, acelera.” convendréis conmigo en que la experiencia es una aventura galáctica de primera magnitud.

Los recuerdos de mi campamento veraniego van asociados a “Ojala que llueva café en el campo” (canción con la que nos tocaban a turuta día sí día también), con desayunos de Colacao con azúcar y galletas María con triple de mantequilla, interminables marchas a la “casca del sol”, comidas de batalla, Frigopies y gamberradas infantiles que los monitores del campamento se obstinaban en combatir con castigos aún más infantiles.
Guardo especial buen recuerdo de una noche en la que junto a Gelín y algún penitente más, me tocó expiar mis cuitas saludando desde el banco de piedra que daba entrada al complejo vacacional a los coches, escasos como ovnis, que circulaban por aquella comarcal perdida de la mano de Dios. Curiosa, y porque no decirlo, desternillante manera de sancionar la conducta de tres muchachos de 12 años (sobre todo para los viajeros, que flipaban al ver a tres críos saludándoles, en pijama, a las tres de la mañana).
“Otra, otra, otra”...qué bien suena el embriagador canto de sirena de la popularidad. Las albóndigas salían de la cocina en escudillas metálicas, bañándose en salsa de tomate y exhalando un olor dulzón maravilloso. Se repartían por las mesas, y saltando de plato en plato llegaban a los de los contendientes. Chus se reía y engullía cada bola de carne según le llegaba, al otro lado de la mesa El Cocinero Suicida, emulando a Paul Newman en "La Leyenda del Indomable", respondía al reto subiendo la apuesta con una albóndiga más. “Otra, otra” –gritaba nuestro público enfervorizado.

Para cuando nos habíamos zampado la primera docena de “bolas de cañón” aquello ya era el no va más, la actuación circense más molona de todo lo que llevábamos de campamento. A nuestro modesto entender un evento de categoría, equivalente a ver a la hija del jefe de estudios y única fémina del campamento disfrutando a solas de la piscina, a aprovechar la visita semanal al pueblo para emborracharse con sidra achampanada o dar caza al marciano que parió un cuerpo celeste del tamaño de Sirio B en las duchas del ala oeste (por cierto, fue Damianón).
Al comienzo de la contienda, traté de optimizar el espacio en mi cavidad estomacal, procurando organizar cada bocado como si piezas de piezas del Tetris se tratara, pero viendo que la competición avanzaba y no sentía mis fuerzas flaquear comencé a disfrutar de la pitanza y a remojar en la salsa con chuscos de pan. A mi lado el Paul Newman no era más un papanatas al que se le atragantaba un platito de huevos cocidos. Ni qué decir tiene que mi osadía fue correspondida con una maravillosa salva de aplausos.  

Serafín el Cagao trató con nulo resultado de hacernos desistir de la gloria. Trató de asustarnos con una muerte súbita, con reventar como la rueda de un camión, con quedar frito nada más meternos en la piscina. Nada, ni amenazándome con tener que tragarme uno por uno todos los capítulos de “Los Trotamúsicos” lograrían alejar de mí los laureles del éxito. Si no era capaz de ganar al ajedrez, ni al futbol y no digamos al baloncesto quizás en esto sí que fuera un fuera de serie. El Di Estefano de las albóndigas, el Manute Bol de la carne picada, el Kasparov de las bolas de carne.
“Otra, otra, otra”…música para mis oídos. Finalmente la cuenta se detuvo en 23. Empatamos. En la cocina se negaron a servir más albóndigas con tomate, y pese a intentar continuar la contienda a base de flanes de huevo, ningún niño quiso ceder su postre para tal fin.
Por la tarde Serafín el Cagao fue de los primeros en tirarse a la piscina, yo, que estaba más lleno que un barril de arenques, lo observé, me miraba desde el agua...desafiante. Yo ,y no el blandengue de Apolíneo-Newman era el verdadero “indomable” y costase lo que costase quería mi leyenda. Además, no me había zampado el frigopie de media tarde, así que por lo que a mí respecta tenía la digestión más que hecha. Cogí impulso y como una bola da cañón entre al agua. “Na de na…como una rosa”...ya no se fabrican cuerpos como los de entonces (El mío, no el de Newman).
A la cena tratamos de emular la proeza del mediodía, esta vez con sanjacobos de jamón y queso; no hubo suerte Desde las cocinas ya se habían percatado de nuestros pintorescos divertimentos y el monitor de turno aparte de afear nuestra conducta nos impuso el castigo correspondiente, que nosotros sabedores de lo cachondo de los mismos acogimos con entusiasmo. En mi caso ordenar, en calzoncillos, por orden de caducidad los yogures de la cámara frigorífica y en el de Chus ejercer de botafumeiro agitando a un lado y a otro un ambientador con olor a pino mientras se arrastraba de rodillas pasillo adelante entonando a viva voz: “ojalá que llueva café en el campo, pa que todos los niños canten este canto” …ver para creer.

"Lo anteriormente relatado está basado hechos reales, quizás algunos nombres y localidades hayan sido cambiados para mantener la confidencialidad de los mismos...o quizás no" 






Guardad las palomitas, que cualquier otro día sigo con mis películas.
   -EL COCINERO SUICIDA.

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Víctor M. Fernández. Con la tecnología de Blogger.